Considerada en círculos literarios como una novela de aprendizaje, Remato por viaje es una historia que recrea momentos significativos de la vida de Agustín Benavente -desde sus primeros años en Lima, una estancia forzada por el asma en ciudades norteñas y, en fin, su anclaje en una revista capitalina convertido en periodista- en un recorrido durante el cual se suscitan infinidad de experiencias que marcarán la vida del personaje.
Richard Licetti, su autor, es periodista y ha compartido su oficio con diversos proyectos editoriales. Tras un paso de seis años por la revista Caretas, estuvo fuera del país por otros siete años y al retornar se dedicó a la docencia universitaria del periodismo. Tenía ya entre manos las páginas iniciales de Remato por viaje, su primera novela, la cual, luego de algunos periodos de pausa, ve finalmente la luz.
Seducido por los exponentes del “boom latinoamericano”, considera que América Latina, contra lo que otros sostienen, sigue siendo un espacio donde lo real se funde con lo imaginario, maravillosa materia prima que asoma en varios de los episodios de su novela.
Un extracto de la novela:
…La fiesta empezaba a perder las formas y todos gritábamos que el periodismo era el más bello de los oficios cuando dos sombras me flanquearon con las voces en alto. Mario Zinelli y Julián B rechazaban las acusaciones recíprocas que se hacían de ser hijos de papá, y por sus ademanes parecían a punto de irse a los puños. Ambos exponían una serie de argumentos negando las recriminaciones de uno y de otro, pero aquello tenía claramente los visos de un pleito de niños bien. Como la controversia iba en aumento y ninguno de los dos reparaba en la banalidad de la situación, les propuse la fórmula 228 conciliadora de un brindis de buena voluntad y el deseo de una larga vida a Facetas con un vino de la región argentina de Salta. En el curso del festejo, más de uno me había insinuado extenderlo en mi departamento. “Vives en una calle que ha pasado a ser parte de la historia de este país, y sería justo olear y sacramentar tu morada”, me dijo una de las personalidades del área política. Yo evadía cordialmente aquellas propuestas, pero antes de que el jolgorio se disipara, con un talante de fiestero desatado, anuncié que la celebración continuaba en mi casa. La invitación fue aceptada entre vítores y tuve un primer atisbo de las consecuencias de mi rapto. Se juntó una veintena de personas que a paso raudo y exultantes trasladaron el escándalo al aún inhóspito edificio San Pedro de la calle Tarata. María Luisa me miró al filo de un soponcio cuando toqué la puerta con el primer grupo, y supe en ese instante que mi desatino sería condenado a cadena perpetua. En minutos los invitados tomaron el departamento por asalto y se lo repartieron a placer. Estaban por todo lado: en los dormitorios, en la cocina, en el balcón, e incluso algunos decidieron velar el sueño de Valentina al pie de su cuna con tonadillas ásperas que por suerte no la despertaron. 229 Simón Vargas llevaba la voz cantante con sus rugidos de numen extraviado, pero en realidad eran varias las charlas que se sostenían a la vez, y todas en tonos tan disonantes que aquello parecía una auténtica dramatización babélica. Lo preocupante, sin embargo, fue que la reunión comenzara a cobrar los perfiles de un ritual de desenfreno: mientras por un lado la cofradía rastafari sahumaba la casa en medio de visiones astrales, por otro los ímpetus de lujuria se liberaban y fue preciso pedirle a una pareja que buscara las paredes convenientes de otro lugar. Pasada la medianoche hubo que invitar a los concurrentes a la retirada. Simón Vargas pontificaba a esa hora sobre las bondades de los estados de bienestar escandinavos, cuyos antecedentes más remotos los identificaba en el incanato; pero pocos lo tomaban en serio porque después de cada frase emitía unas carcajadas trepidantes. Sin embargo, mostró su lado más insensato cuando tuvo el capricho de irse manejando el auto que Facetas acababa de regalarle. Nadie consiguió hacerle entrar en razón, y como si se tratara de un hado inmune a los azares de la noche se trepó en el vehículo y partió sin remordimientos. Tuvo al menos la lucidez de pisar el pedal del freno antes de estrellarse contra un poste del circuito de playas, de donde lo rescataron dormido para trasladarlo a una cama de hospital con un tajo de pirata en la frente. 230 Mi primo Marco nos visitó por aquellos días deseoso de compartir la realización del sueño americano. Se había afincado en Arizona después de recorrer los Estados Unidos de costa a costa con los purificadores de agua a los que debía su prosperidad, y fue a visitarnos por el mismo motivo por el que visitaba a la familia cada vez que volvía, para recordar momentos gratos y obsequiar generosamente los excedentes de su bonanza. Aquella vez, alrededor de una deliciosa tarta de limón preparada por María Luisa, Marco definió a las ventas como una magnífica ocupación, asegurándonos que era el camino a seguir para dejar atrás las penurias. Lo escuchamos con atención, aunque sin mostrar demasiado entusiasmo. No obstante, aquella charla haría sus efectos más tarde, cuando María Luisa y yo, tendidos en la cama intentando atrapar el sueño, hablamos de la posibilidad de ir tras ese sueño de ventura. Viendo desde una ventana la mugre impregnada en las paredes del edificio, Gonzalo A propuso darle un vuelco a aquella tarde opaca. La Feria del Hogar, por años el acontecimiento comercial de Lima, había abierto sus puertas y anunciaba novedades. Tomó un anexo y llamó a la secretaria de Ernesto Zinelli para decirle que saldríamos en misión periodística, y luego nos dirigimos a la cochera del Club de la Unión para abordar el auto de Antonio Sabroso. Julián B ocupó el asiento delantero y se puso a observar la 231 cotidianidad limeña a través de sus gafas negras, mientras Gonzalo y yo optamos por la discreción de la parte posterior. Muy pronto Julián B comenzó a hacer gala de una locuacidad inusual. Discurría por un monólogo ilustrado en alternancia con los comentarios ácidos tan suyos, y como era habitual nos invitaba a reír mientras él permanecía impasible. Afuera una ciudad tiznada y de rostros alicaídos contrastaba con nuestro ánimo festivo. Después de atravesar el barrio tempestuoso de Breña, al detenernos frente a un paradero de la avenida La Marina, Julián B bajó el vidrio y, para asombro nuestro, lanzó al aire un manifiesto suplicante a viva voz: ¡Quiero fornicaaaaar…! Estallamos en una sola carcajada y a través de las ventanas vimos que el gentío, tras un rubor inicial, se distendía en sonrisas. Lo primero fue pasear entre calles de artefactos eléctricos e infinidad de cosas que apelaban a las compulsiones consumistas, y después nos dirigimos a un quiosco de salchichas donde ordenamos los sánguches de rigor. Cuando pagábamos la cuenta, Julián B dijo que era hora de ir en busca de los juegos mecánicos. Durante un rato nos entretuvimos con el griterío de los masoquistas montados en la montaña rusa, en tanto una máquina alocada desarmaba a sus sufridos ocupantes y una plataforma centrífuga elevaba por los aires a una masa histérica. A simple vista lo menos tortuoso parecía ser un juego de tacitas 232 giratorias decoradas al antojo de las niñas. Íbamos a subir en pareja, pero antes de que se pusieran en marcha di un salto atrás y Antonio partió solo.
